18 de noviembre de 2013

Cuando aterrizamos en Sicilia sabíamos que nos estábamos yendo de vacaciones a un país que años atrás decidió detenerse en el tiempo y dejar de modernizarse, pero os aseguro que uno no llega a ser plenamente consciente de ello hasta que pone los pies en la isla.

Ir del aeroport al centro de Palermo

El aeropuerto de Palermo es bastante pequeño y está ubicado a una hora del centro de la ciudad. Para llegar hay dos opciones: tren o autobús. ¿Nuestra recomendación? Sin lugar a dudas: el tren (el tráfico para entrar o salir de Palermo puede llegar a ser un infierno).

Los convoyes salen cada media hora, aproximadamente, el trayecto hasta la Estación Central dura poco menos de una hora, unos 57 minutos, y el billete sale por 5,80€.

Si viajáis en familia tened en cuenta que Trenitalia ofrece la posibilidad de beneficiarte de una tarifa familiar a partir de un adulto y un menor de 12 años. Eso sí, es importante que no se os olvide validar los billetes antes de subir al tren, la isla es un caos, pero curiosamente en todos los trenes hay revisor.

No es necesario que el tren se aleje mucho del aeropuerto para darte cuenta de que has retrocedido en el tiempo y que has ido de viaje a una región que hace tiempo que nadie cuida demasiado. En algunas zonas de la isla esto cambia completamente, pero Palermo es decadencia en estado puro.

Nosotros llegamos al centro de la ciudad que casi era de noche y aunque, según Google Maps, encontrar el B&B que habíamos reservado parecía relativamente fácil, estuvimos más de una hora deambulando con las maletas por calles empedradas, estrechas, oscuras y prácticamente vacías.

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Lo peor de todo fue cuando, por fin, localizamos el B&B Domus dei Cocchieri (54 € la noche con desayuno incluido). Está ubicado en un edificio que parece estar a punto de derrumbarse (al día siguiente cuando vimos la ciudad con luz nos dimos cuenta de que esto es una constante) y la escalera parecía sacada de una película sobre la camorra italiana.

Por suerte las apariencias engañan y acabamos durmiendo en un lugar genial, limpísimo y con unos dueños encantadores.

Un primer paseo por la ciudad

Aunque el sol ya se había puesto completamente decidimos salir a dar una vuelta por la ciudad y acercarnos hasta los Quattro Canti y la Catedral, dos de los puntos más céntricos y conocidos de la ciudad. Aunque de día nos dio otra impresión, hay que reconocer que de noche las calles del centro no nos transmitieron mucha confianza. No nos sentimos inseguros en ningún momento, pero si es verdad que en más de una ocasión decidimos no cruzar por algunos callejones demasiado oscuros (sólo por si acaso).

La isla y el carácter de los sicilianos son genuinamente mediterráneos, pero a la hora de las comidas siguen más los estándares europeos, así que a las ocho ya estábamos cenando en el Antica Focacceria San Francesco, una de las más antiguas y reconocidas de la ciudad. Decidimos probar los arancini, una especie de croquetas de arroz rellenas de carne (¡deliciosas!), y unas focaccias rellenas de verduras. Una de sus especialidades es la focaccia con sardinas (sarde), uno de los alimentos más típicos de la isla. A pesar de ser uno de los restaurantes con más renombre y más turísticos de la ciudad la cena para dos personas nos salió por 18,50€.

Fue durante la cena cuando decidimos que al día siguiente iríamos hasta Monreale, ya que en unas pocas horas ya nos habíamos dado cuenta de que Palermo no tenía mucho para ofrecer. Sin embargo, la experiencia de la mañana siguiente sería uno de los mejores recuerdos que nos llevamos de la isla!