27 de julio de 2014

Nuestro despertar a Reydarfjördur no fue muy motivador. Todas las montañas que la tarde antes veíamos desde la ventana de nuestra habitación habían desaparecido bajo una intensa niebla.

Así pues, mientras desayunábamos reformulamos un poco nuestros planes porque con esa niebla era imposible ver casi nada de los fiordos del este y aún era menos recomendable conducir por algunas de las carreteras que te llevan hasta ellos.

Los fiordos del este bajo la niebla

La decisión fue tomar la carretera de la costa (la 96), que pronto se convierte en la Ring Road, e ir siguiendo hasta que pudiéramos disfrutar de alguna imagen sin niebla.

Si no hubiera sido por eso, nuestra idea era ir hasta Mjóifjördur, un pequeño núcleo de 40 habitantes donde está conservado el primer faro de Islandia y el esqueleto oxidado de un barco que años atrás transportaba arenques. Habíamos leído, sin embargo, que la carretera que llega hasta allí, la 953, no estaba asfaltada y que había zonas con un desnivel del 18%. Así que después de la experiencia de conducir 50 kilómetros por un camino de cabra para llegar a la cascada Dettifoss y visto que la niebla no nos dejaría ver nada, supongo que entenderéis perfectamente porque renunciamos.

Así pues seguimos la ruta hasta Fáskrúdsfjördur. La carretera llega hasta la boca del fiordo desde donde, supuestamente, se ve la isla de Skrúdur, donde está la mayor reserva de frailecillos del mundo. Por supuesto, tampoco lo vimos…

El siguiente pueblo es Stödvarfjördur, donde está el Museo de minerales de la abuela Petra Sveinsdóttir. Nosotros no nos detuvimos porque nos pareció que podía ser una tomadura de pelo ver la colección de minerales de una señora que durante su vida ha ido los ha recogiendo por la isla, con todos mis respetos para las aficiones de la gente, pero la mayoría de viajes organizados se paran.

También se pasa por Breiðdalsvík, un núcleo pesquero, y se atraviesa el valle de Breiddalur, donde es habitual ver rebaños de renos (tampoco vimos ni uno, en cambio nos encontramos muchas ovejas).

El último fiordo, Berufjördur, está flanqueado por picos de riolita y, por suerte, ahí fue donde nos empezó a salir un poco el sol. Lo agradecimos porque de repente empezaron a aparecer montañas espectaculares a nuestro lado.

La ruta la acabamos en Djúpivogur, el puerto más antiguo de los fiordos del este, donde nos detuvimos un rato para estirar las piernas porque, a pesar de no haber podido disfrutar mucho de los fiordos del este, la quilometrada que hicimos fue importante.

Cambio de planes en Höfn

Teníamos previsto invertir todo el día en hacer este recorrido y llegar a media tarde a Höfn, donde pasábamos la siguiente noche, pero el cambio de planes provocado por la climatología hizo que antes de la hora de comer ya estuviéramos en Höfn.

Como las previsiones meteorológicas para el día siguiente no eran muy prometedoras (daban lluvia intensa para todo el día), decidimos aprovechar que la niebla se había levantado un poco y que no llovía para ir hasta el lago glaciar Jökulsárlón.

A la mañana siguiente teníamos que pasar por delante con el coche porque está justo al lado de la carretera principal, pero con lluvia hubiera sido imposible disfrutarlo, así que os aseguro que fue una de las mejores decisiones que tomamos durante el viaje.

El tiempo en Islandia es muy cambiante. De hecho, ellos tienen el dicho de que si no te gusta el tiempo que hace esperes 10 minutos que va a cambiar, y suele ser verdad. Así que la mejor recomendación que podemos haceros es que estéis pendientes de las previsiones meteorológicas.

Si vais con un viaje organizado es más difícil cambiar de planes, pero si viajáis por vuestra cuenta en un país como este, tomar la decisión de saltarse algún lugar priorizando otro que te haga más ilusión puede ser clave para que el resultado final sea un éxito.

Antes de ir hacia Jökulsárlón, sin embargo, hicimos parada para comer en Höfn. Como no sabíamos exactamente dónde buscar, empezamos a dar vueltas con el coche por el pueblo hasta que llegamos al puerto.

Allí localizamos un pequeño restaurante, Hafnarbúdin, seguramente el más cutre de los que pisamos durante todo el viaje, pero de donde salimos encantadísimos. En Höfn es típico comer langosta y pedimos una sopa de langosta que nos la sirvieron en un pan, tal y como manda la tradición, que estaba para chuparse los dedos! Además, también nos comimos dos bocadillos que estaban buenísimos, todo por 4.700 isk (unos 30 euros).

La laguna glacial Jökulsárlón

Justo después de comer recorrimos los casi 80 kilómetros que separan Höfn de la laguna Jökulsárlón.

Los icebergs que flotan y que viajan hasta el mar se desprenden de uno de los ramales del Vatnajökull, el Breiðamerkurjökull. Aunque se mueven, pueden llegar a estar hasta cinco años flotando por la laguna.

Este lago glacial sólo tiene ochenta años, ya que hasta principios de la década de los años treinta el Breiðamerkurjökull llegaba hasta la carretera. Durante los últimos años se está retirando rápidamente y en consecuencia el lago está creciendo y el glaciar se está retirando.

Sinceramente, este fue uno de los lugares más espectaculares que vimos en toda la isla. Aunque hacía un frío considerable, no pasamos de los cinco grados y en algunos momentos llegamos a los dos/tres, es muy impactante ver aquellos impresionantes trozos de hielo que flotan en un agua que no se mueve para nada, exceptuando el movimiento que provocan las numerosas focas que allí viven. Estuvimos casi dos horas paseando por la orilla y contemplando aquel espectáculo.

Además, hay unos barcos anfibios que te hacen una ruta por la laguna que dura entre 30 y 40 minutos por 4000 isk por persona (unos 26 euros).

Tened en cuenta que, aunque salen muy a menudo, si estáis allí en una hora con mucha afluencia de turistas es posible que tengáis que esperar un buen rato porque hay muchos grupos organizados que tienen horas reservadas y si váis por libre os colocan en el primero que tiene plazas disponibles (durante los meses de verano el último sale a las seis de la tarde), así que es recomendable que al llegar al lugar lo primero que hagáis sea comprar los billetes.

La salida no está mal, pero tampoco ves mucho más de lo que puedes ver desde el borde de la laguna, ya que los icebergs más grandes están allí y no lago adentro.

La única gran suerte que tuvimos ese día es que como el tiempo estaba nublado pudimos disfrutar mucho mejor de los colores de los icebergs y los reflejos. Si el cielo está claro es mucho más difícil ver las combinaciones de blancos, azules y negros. Eso sí, si vais por la mañana tened en cuenta que las corrientes marinas hacen que los icebergs bajen hasta la playa y es curioso ver como las olas los van deshaciendo hasta hacerlos desaparecer.

Noche en Höfn

Después de horas y horas distraídos y de más de dos centenares de fotografías, volvimos hacia Höfn donde dormíamos en el B&B más caro del viaje. El alojamiento en Sólbaer Guesthouse lo habíamos reservado a través de Booking por 140 euros, con desayuno incluido y baño compartido. Hay que decir que la casa y el desayuno lo valían.

El gran problema que tuvimos fue que no había una triste cortina en la habitación y, aunque no somos los que dormimos completamente a oscuras, a partir de las tres de la madrugada nos fuimos despertando a menudo porque nos entraba mucha luz en la habitación.

Si os es difícil dormir con luz, que no se os olvide llevaros de casa un antifaz porque es posible que esta situación os la encontréis en muchos puntos de Islandia.

dormir en hofn