28 de julio de 2014

Este debía ser uno de los días más largos y con más actividades del viaje, pero la lluvia nos trastocó completamente los planes. Durante todo el día, exceptuando una tregua de poco más de una hora, estuvo lloviendo a cántaros y no pudimos hacer nada de lo que teníamos previsto por el entorno del Parque Nacional Skaftafell.

La playa de los diamantes

Nada más salir de Höfn, la primera parada iba a ser la laguna Jökulsárlón. Suerte que el día antes nos habíamos adelantado a la climatología porque con el aguacero que caía hubiera sido imposible disfrutar de uno de los lugares más bellos de la isla.

Como la tarde anterior no habíamos visto los icebergs que bajan hasta la llamada playa de los diamantes (por las tardes las corrientes lo impiden y sólo se ve por la mañana cuando la marea está más baja), se nos ocurrió ponernos los impermeables y salir del coche. Al cabo de 30 segundos llevábamos los pantalones empapados y dimos media vuelta porque el viento se llevaba las capuchas y nos estábamos mojando mucho.

La laguna Fjallsárlón

Así pues, con un desánimo considerable encima, seguimos la ruta por la carretera 1 y nos detuvimos un poco más allá para contemplar, desde dentro del coche y con la calefacción puesta, Fjallsárlón, otra laguna glaciar más pequeña y menos turística, pero muy similar a la de Jökulsárlón.

Entonces seguimos en dirección hacia el centro de visitas del Parque Nacional Skaftafell desde donde salen una infinidad de excursiones por la región. Durante el camino, lluvia, lluvia y más lluvia, pero cuando nos estábamos acercando a una de las lenguas del glaciar que toca más en la carretera el día se abrió un poco y pudimos acercarnos a ella para verla desde de cerca. Todo un lujo!

El Parque Nacional Skaftafell

Una vez llegados al centro de visitas del Parque Nacional de Skaftafell nuestra idea era contratar una excursión de unas tres horas por el glaciar (para más información sobre estas salidas aquí), pero viendo que el sol no parecía tener muchas ganas de seguir con nosotros desistimos, no queriamos que a media excursión nos bajara la niebla y nos quedáramos en medio del hielo sin ver nada.

En la zona nos encontramos unos catalanes que nos comentaron que habían hecho la salida el día antes y que recomendarían a la gente que hicieran la de dificultad media y que dura unas cuatro horas. La más básica son unas dos horas y media y entre que te explican como ponerte los crampones y te hacen cuatro pinceladas históricas sobre la zona, sólo tienes tiempo de llegar a la parte más baja del glaciar donde el hielo es aún muy oscuro.

La cascada Svartifoss

Visto que el tiempo aguantaba un poco decidimos seguir uno de los senderos que hay marcados en el Parque y llegar hasta la cascada Svartifoss, que está rodeada por columnas basálticas de color negro de origen volcánico. Llegar es un paseo de una media hora (hace algo de subida) que vale la pena.

La idea era seguir el recorrido durante unos 40 minutos más para subir hasta una colina desde donde se ve otra de las lenguas del glaciar, pero justo después de llegar a la cascada nos empezó a bajar la niebla y a llover de nuevo y decidimos dar media vuelta por donde habíamos venido.

Nos quedamos a comer un par de sopas por 4.000 isk (unos 26 euros) (estábamos un poco helados y bastante empapados) en el pequeño restaurante que hay en el centro de visitantes.

Después cogimos la carretera y fuimos en dirección a Vík. A pesar del mal tiempo el camino es espectacular, el paisaje cambia muy a menudo y de repente te encuentras pasando junto al mar, en medio de un desierto o rodeado de rocas llenas de líquenes. Increíble!

Vík bajo la lluvia

Al llegar a Vík el aguacero no se había parado y decidimos dejar la visita a la playa volcánica de Reynisfjara para el día siguiente (que la previsión meteorológica era más optimista). Deberíamos retroceder 40 kilómetros desde la guesthouse, pero si habíamos hecho 160 kilómetros de más para ir a ver la laguna Jökulsárlón con relativo buen tiempo, podíamos hacer 80 más sin despeinarnos.

Skogafoss

Así pues nos dirigimos hacia la guesthouse, ubicada diez minutos más allá de la cascada Skogafoss, donde nos detuvimos de camino, pero no mucho rato para que el frío era considerable y seguía lloviendo. La South Iceland Guesthouse (Steinar III, 861 Hvolsvollur) es una de las más sencillas en las que estuvimos.

La reservamos directamente por correo electrónico y el precio fue de 115 euros por una habitación con baño compartido y desayuno incluido (desayuno muy, muy sencillo). Este precio está dentro de lo que habíamos estado pagando hasta ahora, pero en ningún caso nos habíamos encontrado una habitación en la que únicamente había unas literas y absolutamente nada más.

El problema es que encontrar alojamiento en la zona de Vík es muy complicado y eso es lo único que localizamos con dos meses de antelación que cumplía los estándares que buscábamos nosotros.

Para cenar comimos en un pequeño restaurante que había justo al otro lado de la carretera (la guesthouse estaba en medio de la nada), llamado Old Cowhouse (Hvassafell, 861, Eyjafjöllum), donde por 6.600 isk (unos 45 euros ) comimos dos platos de sopa y dos hamburguesas caseras que estaban deliciosas! Es muy recomendable.