29 de julio de 2014

La noche anterior nos fuimos a dormir cruzando los dedos para que al día siguiente la meteorología nos diera una tregua. Era nuestro penúltimo día en la isla y teníamos infinidad de cosas por hacer que en el caso de volver a tener un día de lluvias intensas hubieran quedado en nada. Pero, por suerte, cuando abrimos los ojos a las seis y media de la mañana, mientras unas ovejas se comían las malas hierbas de debajo la ventana de nuestra habitación, descubrimos que un sol espléndido había decidido acompañarnos ese día.

Imaginaros nuestra alegría! De hecho, fue tanta que no nos pudimos volver a dormir de la emoción y eso que ese día no empezaban a servir el desayuno hasta las ocho y media! Así que, apenas desayunados cogimos la carretera y retrocedimos casi 50 kilómetros para volver a acercarnos a Vík, para bajar hasta la playa volcánica de Reynisfjara.

La playa volcánica de Reynisfjara

Las extrañas columnas de basalto que flanquean la playa de arena negra hacen que tengas la sensación de estar en otro planeta. Además, la playa es uno de los puntos de la isla donde los frailecillos se dejan ver desde más cerca, así que preparaos para reíros un rato viéndolos aterrizar, jugar entre ellos y despegar como si tuvieran muchísima prisa!

Si váis a la zona con tiempo podéis aprovechar para ir también a ver de cerca los pináculos marinos de Reynisdrangur (el acceso en esta zona de la playa está justo en el interior del pueblo de Vík) o hasta el arco de roca Dyrhólaey (el acceso se encuentra a unos 10 kilómetros al oeste de Vík), donde también suele haber muchos frailecillos.

Si no disponéis mucho tiempo, como era nuestro caso, la recomendación es que os acerquéis hasta Reynisfjara desde donde también se pueden ver los pináculos (la leyenda dice que son unos trolles que se quedaron petrificados al ver el sol) y la roca de Dyrhólaey.

Skogafoss

La cascada Skógafoss

Una vez vista la playa volvimos hacia la zona de Skogar, donde habíamos pasado la noche, y aprovechando que hacía sol quisimos volver a acercarnos a la cascada Skogarfoss, de 25 metros de ancho y 60 de salto de agua.

Esta vez, sin embargo, había mucha más gente que la tarde anterior y de la forma en que soplaba el viento era imposible acercarse sin terminar empapado. La tarde anterior nos habíamos podido poner casi debajo del salto de agua sin prácticamente salpicarnos, pero esta vez, terminamos bien remojados sólo intentándolo sin éxito.

Después de un buen rato distraídos en la playa de Reynisfjara y de volver a contemplar la gran Skogarfoss, seguimos la ruta hacia el oeste para cumplir con el plan que nos habíamos marcado para ese día desde un buen principio.

La cascada Seljalandsfoss

La siguiente parada, a unos 20 kilómetros de Skogarfoss, era la cascada Seljalandsfoss, con una caída de 60 metros. La cascada en sí no es nada del otro mundo y menos teniendo en cuenta todas las que ya habíamos visto, pero vale la pena ir porque hay un pequeño sendero que permite caminar por detrás del salto del agua.

Eso sí, no es recomendable pasar por allí sin impermeable y hay que ir con cuidado de no resbalar porque el entorno suele estar siempre muy mojado.

El Círculo Dorado

Fue entonces cuando hicimos la tirada de coche más larga del día, unos 120 kilómetros, para llegar hasta la zona del Círculo Dorado donde es imprescindible ir a ver la cascada Gullfoss, Geysir y el Parque Nacional de Pingvellir.

Nosotros lo hicimos todo por este orden, aunque Gullfoss y Geysir se pueden intercambiar perfectamente porque los desvíos que llegan a cada punto parten del mismo cruce, como si de una V se tratara.

Así pues, la primera parada fue Gullfoss, la cascada más famosa de la isla. Tiene una caída de 32 metros que crea una pared de rocío antes de desaparecer por un estrecho barranco con un ruido ensordecedor. Si hay niebla el segundo nivel puede quedar tapado y hacer perder mucha espectacularidad en la cascada.

Debéis tener en cuenta que es la más famosa porque también suele ser la más concurrida porque está muy cerca de Reykjavik y desde allí se ofrecen muchas excursiones organizadas.

Desde allí seguimos hacia Geysir donde están los géiseres más grandes de la isla. El Gran Geysir no erupciona muy a menudo porque durante la década de 1950 unos turistas tiraron piedras para hacerlo salir y lo bloquearon. Aunque los terremotos de principios del milenio mejoraron un poco la situación, no ha vuelto nunca a la altura original y ahora únicamente erupciona de forma regular en periodos de mucha actividad sísmica.

Sin embargo, el gran atractivo es el Strokkur, el géiser más fiable del mundo y que está justo a su lado. Suele salir cada siete u ocho minutos y puede llegar hasta unos 30 metros de altura. Es importante no ponerse en la dirección del viento si uno no quiere acabar empapado de arriba a abajo.

En la zona también se pueden encontrar coloreados manantiales y pozos de donde el agua surge a unos 100 grados.

Tanto en las proximidades de la cascada Gullfoss como en Geysir hay centros de visitantes con tiendas de souvenirs y restaurante. Nosotros aprovechamos para comer en el de Geysir. Sabíamos que no sería barato, pero teniendo en cuenta los precios que habíamos estado pagando hasta entonces la cuenta tampoco nos pareció tan desorbitada.

Para una sopa, una ensalada, un sándwich, una hamburguesa y un refresco pagamos 5.800 isk (unos 38 euros). Eso sí, el precio de los souvenirs en esos lugares sí que son carísimos, así que si deseáis comprar algún recuerdo esperaros a hacerlo en Reykjavik donde encontraréis el mismo y a mejor precio.

La última parada del Círculo Dorado era el Parque Nacional de Pingvellir, Patrimonio Mundial de la Unesco. Os aseguro que nunca antes había visto nunca un paisaje tan verde y tan azul tan precioso.

La llanura de Pingvellir está ubicada en el límite de una placa tectónica que hace que anualmente Europa y Norte América se separen entre 1 y 18 mm. En la zona hay unas enormes fracturas, la más espectaculares de las cuales es la falla Almannagjá, que puedes atravesarla por medio. El río Oxara corta la falla y termina en unos bonitas cascadas, siendo Öxarárfoss la más espectacular.

A la izquierda del camino, a medida que se baja hacia Almannagjá, están los restos de algunos búdir, unos pequeños refugios que ahora funcionan como tiendas.

Finalmente se llega al lago Pingvallavtn, que con 84 quilómetros cuadrados es el más grande de Islandia. Os aseguro que cuando bajamos del coche estábamos muy cansados, pero el entorno es tan increíble que estuvimos paseando casi dos horas que nos pasaron volando.

Si llegáis al parque desde la zona de Gullfoss o de Geysir os encontraréis diferentes aparcamientos donde dejar el coche y caminar directamente por la llanura. Ahora bien, si lo preferís podéis seguir unos kilómetros más allá, como si fuerais en dirección a Reykjavik, y encontraréis un centro multimedia desde donde se puede contemplar todo el valle y el lago.

Una vez terminado el paseo seguimos la carretera 36 durante varios kilómetros para ir a parar a la Ring Road que nos terminó llevando hasta Reykjavik, donde pasamos nuestra última noche.

Como este artículo ya nos ha quedado bastante largo, dejo los detalles de la noche y la mañana en Reykjavik para el siguiente artículo. No es que la ciudad dé para mucho, pero tiene algunos lugares bastante interesantes. Así pues, continuará aquí