A estas alturas ya queda bastante lejos la escapada por la Garrotxa que hicimos a mediados del mes de octubre, pero me faltaba explicaros la segunda parte del fin de semana de desconexión. Así pues, manos a la obra.

Como ya os detallamos, la noche la pasamos en Tortellà, en el Hostal Alta Garrotxa. Después de un espléndido desayuno, con una gran variedad de embutidos de la comarca, decidimos llegar hasta en Castellfollit de la Roca. Bueno, de hecho fue una petición expresa mía que no quería irme de la zona sin una caja de magdalenas gigantes de Cal Tuset. Son una delicia! Ahora bien, os aseguro que cuando entras en esa tienda te surgen mil y un dudas. En la caja caben seis magdalenas y hay 24 variedades para elegir! Un auténtico problema … Además, sólo os diré que llegados a casa, las magdalenas duraron poco más de 48 horas. No hace falta que os diga porque, no?

Magdalenas aparte, Castellfollit de la Roca es un pueblo encantador, colgado sobre acantilado de basalto con unas vistas espectaculares. Vale la pena pasear por sus callejuelas desiertas un domingo por la mañana y llegar hasta la iglesia, ubicada casi en la punta del acantilado.

Una vez hecho el paseo matinal (y con la caja de magdalenas en el maletero), nos dirigimos hacia Besalú, ubicado a poco más de 13 kilómetros. El Puente Viejo, que da acceso al pueblo por sobre el río Fluvià, es el punto más conocido de este pequeño municipio de origen medieval que aún conserva entre sus estrechas y laberínticas callejuelas este ambiente de siglos pasados.

Supongo que era domingo y de la misma manera que nos había pasado en La Fageda d’en Jordà, en Besalú nos pasó algo similar: el pueblo estaba lleno de excursiones de jubilados que fuimos intentando evitar, pero terminaban apareciendo allí donde íbamos (de verdad, con todo mi respeto para las personas mayores, los que había ese día en Besalú eran una especie de plaga y no hacían más que gritar y apartarte de los lugares para pasar ellos …), así que, un poco aburridos de la situación, nos marchamos bastante antes de lo que teníamos previsto. De hecho, la idea era quedarnos a comer, pero finalmente nos dirigimos hacia Girona, donde hacía muchos años que no habíamos estado.

De este modo, la capital del Gironès se convirtió en nuestra última parada de la escapada de fin de semana. Aparcar fue un poco complicado. Era domingo al mediodía y la ciudad estaba llena de visitantes que querían hacer lo mismo que nosotros. Finalmente terminamos dejando el coche en la zona de la rotonda del Reloj y caminando 10 minutos llegamos el centro histórico. Preparaos para caminar por callejones estrechos, con pendiente y algunos de ellos llenos de escaleras, pero la zona del Barrio Judío y los alrededores del río Onyar son encantadores para perderse un rato.

Se acababa así nuestra escapada de fin semana que, como veis, aprovechamos hasta el último instante. Y como nos gusta tanto eso de desaparecer unos días, a estas alturas ya tenemos el alojamiento reservado para las dos próximas escapadas que haremos antes de que acabe el año! Alguna idea de dónde nos vamos? 😉