23 de noviembre de 2013

Aquel sábado nos despertamos a los pies del Etna bajo un sol radiante y con la intención de subir con el funicular hasta los 3.000 metros de altura para ver las fumarolas del volcán.

Ahora bien, mientras desayunábamos en el B&B Soto Il Vulcano, su propietaria llamó a la centralita para acabar de confirmar lo que nos acababa de decir: hacía demasiado viento y el funicular estaba parado. Así pues, nada de volcán y tocaría esperar hasta el día siguiente.

De hecho, preveyendo que podía pasar algo similar ya decidimos quedarnos dos noches en la zona para tener más oportunidades. Además, por si el viento no fuera suficiente también nos comunicaron que durante la noche había habido algunas explosiones y que por precaución no dejaban subir a la zona.

Visitando Catània durante la erupción del Etna

Así pues, no nos quedó más remedio que cambiar de planes y decidimos ir hasta Catania, a poco más de 15 minutos en coche de la casa donde nos alojábamos. Durante el recorrido no perdimos de vista al volcán porque se estaban repitiendo algunas explosiones (imposibles de escuchar desde la base) y soltaba un poco de humo. Yo ya estaba más que emocionada con aquel hilillo de humo volcánico!

Pero la emoción duró poco. Entrar en Catania en coche es un caos! El infierno! Seguimos el GPS hasta el centro, tras superar varios atascos, y a partir de allí intentamos encontrar un lugar para aparcar. Acabamos perdidos en medio de un mercado ambulante y dentro de una zona peatonal!

No os podéis llegar a imaginar los nervios que pasamos, pero cuando empezábamos a salir del caos y nos dirigíamos ya hacia un aparcamiento de pago (fue imposible encontrar una zona gratuita) se me ocurrió volver a mirar hacia el Etna, que hacía rato que había olvidado intentando salir del atasco. Y… BOOM!

Mientras dábamos vueltas con el coche había estallado! Y ahora ya no era un hilillo de humo, era una columna enorme y una lluvia de ceniza que iba hacia el norte!

Creo que Alex difícilmente olvidará el susto que le provocó el grito de emoción que hice en el coche al ver aquel espectáculo… Reconozco que a partir de ahí me despreocupé un poco del tema aparcamiento y decidí que mi cámara y yo no volveríamos a perder de vista aquella montaña.

Una vez aparcados el espectáculo volcánico siguió durante un buen rato. De hecho, estuvimos caminando por el centro volteando constantemente la mirada por si la cosa iba a más. En ningún caso por miedo. Los sicilianos estaban tranquilísimos, así que lo único que teníamos que hacer era grabar esa imagen en nuestra memoria. Y

de pronto todo volvió a la normalidad. De la misma manera que apareció la columna de humo, provocada por una explosión dentro de uno de los cráteres, desapareció.

piazza del duomo catania

Así pues, a partir de ahí toda nuestra atención se la llevó Catania, la segunda ciudad más grande de Sicilia.

El centro neurálgico es la Piazza del Duomo, Patrimonio de la Humanidad. En medio está la Fontana Elefante y ante ella la Catedral de Santa Águeda.

Además, desde esta misma plaza salen un montón de calles donde se ubica La Pescheria (el mercado del pescado), donde se vende todo tipo de pescado fresco, incluso, para comer allí mismo. Es altamente recomendable ir por la mañana y un espectáculo para todos los sentidos. A medida que te vas adentrando acabas en medio del mercado de frutas y verduras, conocido como La Fiera, de donde es imposible salir sin haber comprado nada.

Nosotros picamos con un buen trozo de parmesano y unos cuantos pistachos.

Una vez recorridos todos los callejones del centro, teniendo en cuenta lo que nos había costado entrar en la ciudad, decidimos ir a buscar el coche para irnos hacia Taormina a comer. La distancia entre las dos ciudades es de poco más de 50 kilómetros, pero estuvimos casi dos horas para llegar. Una para salir de Palermo y una mas por la autopista.

El maravilloso espectáculo del Etna había soltado una lluvia de ceniza que había cubierto todo a su paso en el norte de la isla y por la autopista sólo se podía circular por un carril y a una velocidad moderada para no patinar.

Taormina bajo la ceniza

La estampa que nos encontramos al llegar a Taormina era increíble. Una pesadilla para sus habitantes, pero alucinante para nosotros. Toda la ciudad estaba bajo una capa de cenizas negras. Resultado? Escobas, máquinas excavadoras y bolsas de basura enormes para intentar volver lo más rápido posible a la normalidad.

Aparcar en Taormina es muy complicado, sobre todo durante los meses de verano o en temporada alta. Es por ello que existe la posibilidad de dejar el coche al norte del centro urbano, en el aparcamiento Lumbi, desde donde sale un autobús que va hacia el centro.

Si no, otra opción para llegar al centro, es dejar el coche en el aparcamiento del funicular y usarlo para subir hasta lo alto de la montaña. En noviembre nosotros no tuvimos muchos problemas, aunque tuvimos que terminar pagando (5 € por tres horas) para aparcar.

Después de comer por 29 € un antipasto y dos copiosos platos de pasta en la Trattoria Rosticepi (Via S. Pancrazio, 18) nos dirigimos hacia la principal atracción del municipio: el Teatro Griego.

La entrada vale 8 €, pero sentarse en esa grada con vistas al Mediterráneo y al Etna no tiene precio. Es uno de los teatros antiguos más bonitos que recuerdo. Supongo que el emplazamiento hace muchísimo, pero el espacio está muy bien conservado y os aseguro que es fácil perder la noción del tiempo.

Después de hacer decenas de fotos y de comprobar la textura de la ceniza volcánica que pisábamos (es curioso como no ensucia nada), nos paseamos por el Corso Umberto I y sus callejones, una zona que durante el verano suele ser el destino de buena parte de la jet set italiana. Ese día era un ir y venir de escobas. Además, a pesar de ser finales de noviembre no quisimos dejar pasar la oportunidad de comernos un buen gelato.

Un buen tramo de vuelta por la autopista volvió a ser a 50 kilómetros por hora y en medio de montañas de ceniza. Ahora bien, cuando estábamos a medio camino vi un hilo de lava que descendía desde uno de los cráteres del Etna (segundo grito de emoción del día y segundo susto para Alex que volvía a estar concentrado en la carretera…).

Esto fue lo que nos hizo desviar algo de la ruta e intentar acercarnos a otros pueblos de la base del volcán para ver los ríos de magma desde más cerca, pero cuando llegamos las nubes habían cubierto la cima y ya no vimos nada. Sin embargo, no todo el mundo puede decir que en un mismo día ha visto una explosión volcánica y un hilillo de lava! Estábamos encantados!

Cansados de tantas emociones, volvimos a cenar al Osteria Garibaldi (vía Garibaldi, 30) de Nicolosi, donde repetimos la experiencia de comer una pizza con costra hecha de queso y donde nos estuvimos preguntando si día siguiente del Etna daría una tregua y nos dejaría llegar hasta sus cráteres… En este artículo os contamos el desenlace!